El cordón umbilical que nos une

Han pasado 6 meses desde mi último post y, dependiendo del día, a veces me parece que han sido un suspiro y otras una eternidad. Leo vino a este mundo la madrugada del 9 de abril, un día de espléndido sol de esos que el norte regala en primavera. Tras un parto complicado que acabó en cesárea de urgencia y un posparto bastante animado (ya dedicaré un espacio a este tema que aún sigue resultando tabú), hoy puedo decir que en estos 4 meses hemos aprendido a conocernos y querernos. Porque a un hijo se le quiere antes de nacer, pero cuando creías que el corazón no podría albergar más amor, te sorprende ensanchándose cada día. 

 

 

Aprovechando que hace unos días se celebró la Semana Mundial de la Lactancia Materna, he querido retomar este espacio virtual para dejar testimonio escrito de la que está siendo una de las experiencias más mágicas que me ha descubierto la maternidad. De la lactancia se ha escrito y se escribe mucho, cierto es que yo no quise leer nada para guiarme por mi instinto animal. Cuando me ofrecían algún libro temático pensaba en mis ancestros, en todas las mujeres de mi familia que, desde mis tatarabuelas hasta mi hermana, habían amamantado a sus crías con una fortaleza férrea. 

Y el día de poner a prueba la intuición llegó y no fue como esperaba. Tumbada en una camilla del quirófano, con las manos atadas, apenas pude ver a Leo unos segundos antes de que se lo llevaran a su padre. Casi tres horas más tardé llegó nuestro momento y era tanto el dolor físico y emocional que sentía que no le presté apenas atención a aquel instante que marcaría cómo sería esta aventura que recién iniciábamos. Tal y como había visto tantas veces en las crías de mis perros, gatos u ovejas, él se agarró a mi pecho con una determinación que es difícil de describir. En duermevela pasó el resto de las horas a mi lado, más dormido que despierto, guareciéndose de todos los estímulos que el mundo exterior traía consigo. Pasado el efecto de la morfina, las siguientes horas resultaron más duras porque apenas podía moverme y eso dejaba poco margen a poner en marcha la higiene postural que las enfermeras tanto recalcaban. 

El primer día Leo no cogió el peso que debía y se activó el protocolo de la “ayuda”. En ese momento de desconocimiento en el que estás cargada de inseguridad no te planteas cuestionar una decisión que parte de profesionales. La leche no subía a la velocidad esperada (normal cuando partes de una cesárea) y había que cumplir el ratio de pérdida de peso, así que comenzamos con un suplemento de leche artificial que en una semana fuimos capaces de quitar. Y digo fuimos porque si algo he aprendido es que no es sólo una relación de dos, sino de tres y/o muchos. En mi caso, contar con el apoyo de mi pareja ha sido fundamental para que dentro de unos días cumplamos 4 meses de feliz lactancia. Durante todo este tiempo no he sentido dolor físico, pero he tenido que sobreponerme a una preeclampsia y a un par de disgustos que me dejaron rota e, inevitablemente, supusieron una bajada drástica de la producción. Pero aún con todo, supimos saltar todos los obstáculos y regar este bonito viaje que cada día nos descubre cosas nuevas. Una de las heridas que me quedó de la cesárea fue no haber podido cortar el cordón umbilical que durante 9 meses me unió a mi hijo, pero la lactancia está siendo una prolongación de ese vínculo que espero sea para toda la vida.

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Yo no doy de mamar para oponerme a las hermanas que dan biberón, ni para ganarle ninguna batalla a la leche de fórmula, ni porque sea una moda o no esté de moda y me guste ir a la contra.

Yo doy de mamar porque la naturaleza está ahí, porque no necesito controlar nada, porque me permite reencontrarme con generaciones de mujeres dentro y fuera de mi familia, porque estoy re-naciendo y es tan hermoso.

Yo doy de mamar porque es algo vital, mágico, irrepetible, porque no ha sido un camino fácil pero ha valido la pena, porque hemos aprendido mucho juntas: yo de ti y tú de mí.

 

¿Por qué doy de mamar? | en minúsculas

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